Guadalajara, la gran desconocida de Castilla-La Mancha

Esta semana viajamos hasta Guadalajara, una ciudad de Castilla-La Mancha, capital de la provincia que lleva su nombre, situada a tan solo 60 kilómetros de Madrid, a 150  de Segovia y a unos 140 de Cuenca. Hasta esta localidad, desconocida por muchos,  podemos llegar en coche por la A-2 salida 54, en autobús desde Madrid con salida en la Estación de Avenida América o en Renfe.

Rocío Sánchez Herranz

Comenzamos nuestra ruta desde la Estación de Cercanías, tomaremos la Calle de Francisco Aritio, en dirección al Paseo de la Estación para dirigirnos hacia el centro.

A un kilómetro veremos una cuesta sobre el Río Henares; es allí donde descubriremos el primer monumento de la ciudad, el Puente Califal. Este viaducto es uno de los pocos ejemplos que todavía tenemos hoy de la ingeniería andalusí del siglo X, una obra de gran importancia que sirvió como punto defensivo gracias a la torre de más de 20 metros de altura que poseía y que desapareció en el siglo XVIII.

Subimos el puente por la Avenida de la Estación y continuamos de frente por la Avenida de Madrid, a cuyo lado izquierdo distinguiremos el antiguo Alcázar Real, del que solo quedan algunos restos del siglo XIV. Aunque actualmente permanece cerrado, ha tenido diversos usos en los últimos años: en 1778 se convirtió en la Real Fábrica de Sarguetas y, ya en el siglo XIX, pasó a ser un cuartel para el Servicio de Aerostación.

Un poco más arriba encontramos la joya de la corona de Guadalajara, el Palacio del Infantado. El edificio tiene mucha historia y muchas fechas importantes que podemos recordar. La construcción del Palacio fue entre 1480 y 1497 a petición de los Mendoza, con el fin de demostrar el poder que tenían en la villa. El comienzo de la Guerra Civil también fue especialmente duro para el Palacio, debido a que en 1936 estuvo ardiendo durante 3 días. Su última restauración ha sido relativamente cercana entre 1960 y 1974: lo más llamativo del edificio es su fachada con mezcla de estilo europeo y andalusí; incluso, destacan las puntas de diamantes que la cubren. También llama la atención que la entrada principal esté situada en el lado izquierdo, en lugar de estar centrada, con el objeto de que la puerta estuviera justo enfrente del Patio de los Leones, para que la gente pudiera ver desde fuera el poderío que ostentaban los Mendoza.

El Patio de los Leones está formado por dos galerías decoradas con diversos relieves con formas de leones y grifos enfrentados cada uno con una cara diferente, y referencias a la grandeza y el poder de los Mendoza, representándoles como auténticos dioses. En el exterior también se puede visitar su jardín y, desde ahí, contemplar la bella galería de arcos de piedra del Palacio.

Detrás de los jardines, justo antes del Parque de la Huerta de San Antonio, nos espera uno de los restos que queda de la antigua muralla de la ciudad, el Torreón de Alvar Fáñez, actualmente Centro de Interpretación del escudo de armas de Guadalajara. La torre fue erigida a comienzos del siglo XIV y, aunque externamente tiene forma pentagonal, su mayor secreto defensivo está en la construcción interior del lado que daba al barranco, que está hecha en forma de punta para que fuera más difícil o casi imposible demolerla.

Al otro lado del puente, cruzando por encima del Parque de la Huerta, no olvidar la Oficina de Gestión Turística Municipal en la Glorieta de la Aviación Militar Española, para coger un mapa de la ciudad o, si es sábado o festivo, podemos hacer un recorrido turístico por la ciudad a las 11,30h con salida en la misma Oficina de Turismo.

Desde el Parque de la Huerta volvemos hacia el Palacio para proseguir con nuestra ruta hasta llegar a la calle Teniente Figueroa; allí nos espera el Convento de la Piedad o Palacio de Antonio de Mendoza. Este convento iba a ser un palacio para el hermano del rey pero este falleció antes de que estuviera terminado, por lo que su sobrina, Brianda de Mendoza, lo recibió en herencia, decidió hacerlo convento y mandó construir al lado una capilla. El palacio fue construido en estilo renacentista en el siglo XVI y fue reformado en el XIX con un estilo neoclásico por Velázquez Bosco. La belleza de este convento reside en su patio interior, en el que impresiona la parte inferior de las paredes decoradas con azulejos sevillanos azules y blancos en un estilo neomudéjar. Gracias a Brianda, el convento se convirtió en el lugar al que acudían las jóvenes que querían aprender a leer, a escribir, poesía, quehaceres domésticos… y, actualmente, es un instituto de Enseñanza Secundaria, por lo que sigue cumpliendo la función para la cual fue erigido.

Al salir del convento torcemos hacia la derecha: desde la calle del Doctor Benito Hernando llegamos a la Plazuela de la Cotilla donde se localiza el Palacio de la Cotilla o Palacio de los Marqueses de Villamejor. La mayoría de los guadalajareños lo conocen como el Palacio de la Cotilla, y su nombre tiene dos leyendas: la primera cuenta que un día una joven que iba a recoger agua a una fuente cercana fue asaltada en ese callejón (Calle de Esteban) que hay al lado del palacio, salió corriendo y se le cayeron sus cántaros y la cotilla que llevaba puesta; al día siguiente, la cotilla estaba destrozada en la puerta del palacio donde se refugió y desde entonces el Palacio recibió ese nombre. La segunda cuenta que, al parecer, la marquesa Ana de Torres era muy cotilla y, como veía desde la ventana los amoríos que había en esa pequeña calle, cuando algún miembro de la pareja pertenecía a una familia adinerada, hablaba con los familiares de cada una de las parejas para decirles con quién estaban sus hijos (a cambio de una suma de dinero) y conseguía juntarles en matrimonio.  Sin embargo y a pesar de todo ello, el tesoro de este palacio se ubica en el interior, en el Salón Chino, un salón localizado en la parte superior, único en Europa, cuyas paredes están cubiertas de paneles de papel de arroz con escenas de la vida en china pintadas en ellos.

Bajamos ahora a la calle de Ramón y Cajal hasta llegar a la Concatedral de Santa María. El edificio está dedicado a Nuestra Señora de la Fuente y se construyó entre los siglos XIII y XIV. Su elemento a destacar en el exterior son los arcos de herradura de sus puertas y en el interior su retablo mayor.

Continuamos por esa misma calle hasta llegar a la Puerta de Bejanque, otro de los restos que todavía hoy podemos ver de la muralla que defendía la ciudad en el siglo XIV. A pocos metros de dicha Puerta, podemos vislumbrar el Fuerte de San Francisco y su monasterio con la espectacular cripta.

Al adentrarnos en el interior del monasterio, descubrimos la iglesia de estilo gótico, en la que llama la atención los frescos de dragones dibujados en las nervaduras del altar mayor y la cripta inicial situada bajo ese mismo altar, que mandó construir el décimo duque para enterrar a sus familiares, y la cripta posterior, de mayor tamaño, que nos trasladará al Panteón de Reyes del Monasterio de El Escorial. Sin duda, una muestra más de cómo los Mendoza querían competir con el poder de los Reyes Católicos.

Atravesamos el Parque San Roque  hasta llegar al Paseo de su mismo nombre, en dirección al Panteón de la Condesa de la Vega del Pozo o Duquesa de Sevillano. El Panteón, uno de los mejores conjuntos arquitectónicos de finales del siglo XIX, fue construido en 1881 por Velázquez Bosco a petición de la duquesa, junto a otros edificios benéficos que han servido como centros de enseñanza en los últimos años. En el panteón atrae su maravillosa cúpula de cerámica vidriada en color rojizo, aunque con los rayos de sol puede verse en ocasiones un color violeta. En su interior, destaca el altar con un excelente calvario y la cripta con la escultura fúnebre de la duquesa.

Volvemos por el Paseo de San Roque, atravesando uno de los pulmones verdes de la ciudad, el Parque de la Concordia, hasta la Plaza de Santo Domingo, para descubrir una de las iglesias más bellas de Guadalajara, la Iglesia de San Ginés. Su fachada es de sillería y en ella se localizan dos contrafuertes de gran tamaño. El templo era un antiguo convento de Santo Domingo de la Cruz y en su interior se localizan cuatro monumentos funerarios del siglo XVI de gran valor.

Hay muchos momentos para visitar Guadalajara pero mucho mejor si esta visita coincide con alguno de los eventos o festividades que tienen lugar a lo largo del año. Sus celebraciones más famosas son los Carnavales en febrero con el ,como colofón, su Semana Santa declarada de Interés Turístico Regional o el Corpus Christi con su procesión de la Cofradía de los Apóstoles. También, a lo largo del año, tienen lugar varios festivales para todos los gustos, como el Festival Solsticio Folk, el Guadarock, el Festival por Arte de Magia y festivales de cine solidario.

 

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