El Rucio de Sancho Panza: Un homenaje a los olvidados

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Si nos ponemos a pensar en los personajes de El Quijote, en seguida nos vienen a la mente algunos nombres propios: Alonso Quijano, Dulcinea, Sancho Panza o incluso el propio Rocinante. Pero, ¿alguien se ha parado a pensar en cómo se llamaba el burro? No es una idea vana, puesto que los que no tienen nombre, tampoco tienen, ni dejan historia. Salvo en este caso.

“El Rucio de Sancho Panza” es una obra para degustar despacio, que busca homenajear a todos esos olvidados: “los sin nombre, los que no existen,”. Es decir, a los que cargan con el peso del mundo, como hizo aquél burro, y que pese a su papel crucial, quedan olvidados. La historia, escrita, dirigida e interpretada por Roberto Nistal, nos sumerge en un monólogo que no es sino el diálogo entre la mente de dos dramaturgos, a través del cual se hace una cruda aunque inteligente crítica social al mismo mundo del teatro, a la prensa, a la fama y al olvido.

Toman un papel especialmente destacado aquellas personas, que por rabiosa actualidad, necesitan ser nombradas, como los refugiados que mueren sin nombre, ni bandera, ni minuto de silencio en las aguas que creemos lejanas, en contrapartida a las víctimas de los mismos asesinos, que mueren en Europa, pero por lo que sí suena su himno. No se olvida tampoco del papel de las mujeres, de aquellas “que no salen en los libros porque no hicieron cosas de hombres”, tales como perderse en guerras o en probetas, y solo supieron alimentar con poco o nada a sus familias. Todo ello aderezado con otras tantas realidades, como el estigma de las enfermedades mentales.

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Si bien la trama gira en torno a la crítica social, la historia detrás del monólogo, la del propio dramaturgo, es sin embargo una crítica a lo más profundo de nosotros mismos. Así, la reflexión no va solo hacia fuera, sino sobre todo hacia las propias entrañas del espectador, dejando una pregunta en el aire, siempre con una mirada hacia la esperanza: ¿Vivir muriendo o morir viviendo?

Más allá del contenido, respecto al continente, cabe destacar lo original de la puesta en escena. Y es que  Nistal, que se come literalmente el escenario, con una interpretación que se sale de las tablas y que te acaba devorando desde dentro, no está solo en el teatro. La música de Elena Cabezas, violinista, tiene voz propia en la narración, acompañando con su luz la historia y siendo un total acierto en el conjunto de la interpretación. Sus notas nos ayudan a movernos  entre los contextos y  los subtextos, despertando nuevas sensaciones y dando otra temperatura a los silencios.

La luz del escenario, el sencillo pero eficaz decorado, los efectos simples a la vez que realistas, pero sobre todo, los cambios de tono del actor en solitario, que no solo es capaz de pasar del drama al humor en segundos, sino que además consigue por sí solo convertirse en un elenco entero, hacen del conjunto de “El Rucio de Sancho Panza”, una obra que es imposible acudir a ver, sin ser recordada, incluso aunque no tuviera nombre.

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2 thoughts on “El Rucio de Sancho Panza: Un homenaje a los olvidados

  • 31/10/2016 en 16:51
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    Desde el privilegio de disfrutar de tan suculento regalo de arte, recomiendo ver esta propuesta teatral escrita,dirigida e interpretada con tanto gusto y maestría. Gracias Roberto Nistal por parir una obrá que toca el alma con tanta sensibilidad. Risas y lágrimas me acompañaron como espectadora, gracias!

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